Enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre su enojo, ni den oportunidad al diablo. Ef 4:26–27.
Este término que Pablo utiliza, que se traduce como enojarse, tiene una connotación neutra, lo que quiere decir que no es bueno ni malo; dependerá del contexto en que se utiliza para saber cuál es la condición de este enojo. Por un lado, este tipo de enojo no es airado, no es rencoroso ni es un enojo instantáneo. Es todo lo contrario: este tipo de enojo surge cuando las convicciones de algo se ven atropelladas y las personas se indignan contra los que buscan pisotear esas convicciones. Ya se usaba en el Antiguo Testamento; esta palabra se traducía como celo (Sal. 69:9).
Este enojo odia el pecado, la injusticia y se rebela contra todas estas manifestaciones de impiedad (Pro 8:13). De hecho, fue de esta manera en la que Cristo se enojó contra algunos (Mr. 3:5). Para que lo pongamos en perspectiva: cuando nos sentimos indignados por el pecado, aun de los que dicen ser creyentes, de la maldad de este mundo y la corrupción; cuando la justicia que Dios quiere que veamos se ve atropellada y la santidad de Su Nombre no es tomada en cuenta, cuando existe ese tipo de indignación, el enojo es santo (Neh 5:6).
Pero el enojo no siempre es santo y puede llevarnos a pecar. Esto sucede cuando, en vez de una indignación por el pecado y las circunstancias, nos enojamos por el capricho y el orgullo del ser humano en la tierra; es decir, cuando la ira está alimentada por el pecado (Mt. 5:22). Este tipo de ira los vuelve resentidos, amargados, hasta el punto de menospreciar a los que los rodean (Prov 22:24), porque la ira vuelve ciego al hombre (Stg. 1:19).
Es tal el pecado de la ira que la Biblia deja una serie de versículos que nos mandan a tener cuidado contra ella (Col. 3:8; Tit. 1:7); además, dice claramente que la ira tiene su fuente en la carne (Gá. 5:20). De igual manera, las Escrituras exigen que cuando oremos no haya en nuestros corazones ápices de ira (1 Ti. 2:8), pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios (Stg1:20).
La ira, aunque sea santa, no debe durar más de un momento; esto es para que el rencor no llene los corazones de resentimientos, orgullo, pecados, y Satanás tome ventaja de ello al querer que los hombres tomen la venganza en sus propias manos (Rom 12:19). De esto es de lo que Dios nos da testimonio al decir que su ira es por un momento (Sal. 30:5). No debe un creyente albergar enojos que se prolonguen en el tiempo; esto solo destruiría su alma y la de quienes lo rodean (Ef 4:31), ya que son ellos los que llevan las consecuencias nefastas del enojo pecaminoso.
Hermanos, revisemos nuestros corazones para que nos aseguremos de que la ira que promulgamos sea la que Dios acepta: una indignación santa contra la injusticia y el pecado, y que no sea un enojo contra alguien. Cuando nos enojamos contra alguien y no contra sus actitudes, pecamos; pero si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonarnos (1 Jn 1:9).
