El gozo de servir a Cristo en toda circunstancia

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Por esta causa yo, Pablo, prisionero de Cristo Jesús por amor de ustedes los gentiles si en verdad han oído de la dispensación de la gracia de Dios que me fue dada para ustedes; que por revelación me fue dado a conocer el misterio, tal como antes les escribí brevemente. Ef 3:1–3.

El apóstol Pablo se presenta en este pasaje como un prisionero de Jesucristo (Hch. 9:16). Está en esa condición por amor a aquellos que han recibido la gracia de Dios y que ahora son llamados pueblo suyo cuando antes no lo eran. Pablo está sufriendo por causa de la predicación del evangelio a personas que antes estaban lejos de las promesas, pero que ahora, por gracia, han sido añadidas a la esperanza de vida eterna (Fil. 1:12–14).

Sin embargo, el apóstol nunca se consideró una víctima de las circunstancias. Más bien, entendía que estaba preso por causa de Cristo y para la gloria de Cristo (2 Ti. 1:8). Su sufrimiento tenía propósito, y eso le permitía perseverar aun en medio de las dificultades.

La fuerza que Dios le dio a Pablo para soportar todo lo que trajo la predicación del evangelio (Ro. 1:1) es impresionante. Pero es importante reconocer que esa fuerza no provenía de él mismo, sino del Espíritu Santo. Dios lo sostenía en medio de los conflictos, las persecuciones y las prisiones. El Espíritu lo impulsaba a ir de ciudad en ciudad anunciando el evangelio y le daba las fuerzas necesarias para continuar la obra a la que había sido llamado (Ro. 1:5; Col. 1:24).

Ahora Pablo les recuerda a los creyentes de Éfeso lo que él llama la dispensación de la gracia: la obra de Dios manifestada en la iglesia del Nuevo Testamento, donde personas de todos los pueblos y naciones son reunidas en un solo cuerpo, la iglesia universal de Cristo Jesús (Gá. 1:15–16). Esta dispensación es distinta de las anteriores, porque ya no descansa en rituales ni en el legalismo judío, sino en la gracia salvadora de Dios, que alcanza a las personas sin importar el lugar donde hayan nacido (1 Co. 9:17; Gá. 2:7).

Esta dispensación revela el carácter misericordioso de Dios y su compasión para con la humanidad. Los sacrificios y ritos quedaron atrás porque Cristo ya fue sacrificado y resucitó victorioso para dar vida eterna a quienes creen en Él. Ya no hay otro sacrificio necesario, porque el sacrificio perfecto ya fue ofrecido en la cruz.

Claramente, los creyentes en Éfeso ya habían escuchado este misterio (Hch. 20:27). Ellos mismos eran fruto de la obra evangelística que Pablo había desarrollado en aquella ciudad. Pero el apóstol les recuerda nuevamente estas verdades para afirmar su fe y para que no olviden todo lo que por gracia les había sido dado.

Como creyentes, también nosotros debemos depender de Dios para sobrellevar las circunstancias difíciles que nos rodean. Solo una verdadera dependencia del Señor y de su Espíritu Santo puede producir en nosotros el mismo gozo y la misma perseverancia que vemos en Pablo, aun en medio del sufrimiento.

Debemos comprometernos con la predicación del evangelio y con el gozo que trae ver a los pecadores venir a Cristo. Nuestro compromiso final no es con una institución ni con una ciudad; es con Jesucristo. Y si permanecemos fieles a Él, también nos sostendrá en medio de las dificultades y nos dará fuerzas para perseverar hasta el final.