Por lo demás, fortalézcanse en el Señor y en el poder de su fuerza. Ef 6:10
Cuando la iglesia de los efesios se viera fortalecida, el deseo de Pablo se cumpliría (Ef. 3:16). Pero el deseo del Padre es que toda su iglesia prevalezca y su poder es suficiente para sostenerla. Además, por la victoria de Cristo en la cruz, toda la potestad le fue dada para que guarde y haga crecer a la iglesia (Mt. 28:18). En esa autoridad delegada envió a los apóstoles para que el evangelio recorriera el mundo (Mr. 16:15).
Los creyentes deben ser personas que siempre están atendiendo a la Palabra de Dios para que estén preparadas para las situaciones que vendrán. Todos los creyentes, de alguna manera u otra, somos probados; nuestra fe se pone a la luz de circunstancias difíciles para que podamos ser analizados (1 P. 1:6-7). La única manera de salir adelante en estas pruebas es estar fortalecidos, no con poder propio de rituales, sino con el poder de Dios que vence a todo mal (Ef. 6:10).
Un creyente fortalecido en el poder de Dios es uno que depende enteramente de Él y de sus fuerzas. La clave es esta: que los verdaderos creyentes deben humillarse, rendirse ante la poderosa mano del Señor y dejar de actuar en forma propia, para que cuando el poder surja, la victoria sea del Señor, a fin de que en nuestra debilidad su nombre sea engrandecido por la victoria que da a los que en Él confían (2 Co. 12:9-10).
El poder de Dios es tan grande que se ha resumido en omnipotencia, para que los que se refugian en Él tengan claro que sus fuerzas no disminuyen ni se cansan (Is. 40:28-29). Cuando como creyentes nos humillamos delante de Dios, se nos da mayor gracia (Stg. 4:6). Por esto, la única manera de ser fortalecidos por la fuerza de Dios es estar humillados a sus pies; el secreto es la dependencia total y dejarlo a Él actuar en la vida. Además, el Espíritu que nos ha dejado Cristo nos puede guiar y fortalecer en los días difíciles (Jn. 14:17-23).
Dios no nos manda a que andemos peleando con dominios ni potestades; desea que confiemos en su autoridad y en su victoria porque Él es baluarte de quienes confían en su nombre (Sal. 46:11). Esta confianza debe acompañar a los cristianos hasta que las promesas de salvación y vida eterna se hagan realidad, cuando Cristo sea manifestado para rescatar a su pueblo (1 Ts. 4:16-17). La esperanza es que Cristo ya venció (Jn. 16:33) y solo esperamos el día en que se manifieste para llevar a su pueblo a las moradas celestiales.
Los discípulos pueden estar seguros de que la victoria es segura en Cristo porque su promesa es que no abandonará a los suyos (He. 13:5). De ahí que, si nos preocupamos por hacer la obra de Dios, Él se preocupará por hacer lo que es necesario y darnos lo que es necesario para que sigamos haciendo su voluntad (Mt. 6:25-34).
Hermanos, la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado es suficiente fuente de poder para que nos aferremos a ella. No podemos buscar otra fuente de fortaleza; si queremos vencer el pecado que nos asedia (He. 12:1) y salir victoriosos de las pruebas, debemos confiar en la poderosa mano de nuestro Señor. Humillémonos delante de Él y contemplemos cómo puede derrotar todos nuestros temores y sacarnos adelante; aun cuando las pruebas parecen enormes, es más grande el Dios que nos ha llamado para sí (1 P. 5:6-7).
