Trabajando como siervos de Cristo.

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Siervos, obedezcan a sus amos en la tierra, con temor y temblor, con la sinceridad de su corazón, como a Cristo; no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios (Ef 6:5–6).

Una de las cuestiones que más preocupa a los jefes es que, a falta de su presencia, las cosas en sus empresas no anden o que se derrumbe la producción. Los incrédulos son conocidos por aprovecharse de sus jefes, dejando de rendir y haciendo que las pérdidas de tiempo se paguen. En la actualidad, muchas empresas han optado por poner cámaras de videovigilancia para que, al verse observados, los trabajadores no bajen el ritmo de producción.

Dicho lo anterior, no debe suceder así con los cristianos; los creyentes trabajan para Cristo y se someten así voluntariamente a sus jefes. El temor reverente a la presencia del Señor y el respeto a su presencia hacen que trabajar lo hagan delante de Él para rendir, no para los jefes, sino para la gloria de Cristo (Col. 3:22). Esto debe ser un alivio para los empleadores al saber que los creyentes son tan honestos que pueden confiar en ellos por el esfuerzo que ponen en el trabajo para el que se les ha contratado (Tit. 2:9-10).

Los creyentes no deben ni siquiera buscar agradar a los jefes; deben saber que, al ser vistos por Dios, Él se agrada o rechaza su actuación delante de los empleadores (Gá. 1:10). Cuando una persona pone su corazón en las cosas que hace, puede hacerlo con toda excelencia para la gloria de Dios. Hay casos bíblicos donde estos ejemplos rindieron buen fruto; el caso de José en Egipto o el de Nehemías en el exilio lograron servir con tanta diligencia que el Señor los prosperó y llegaron a ser grandes en la tierra donde moraban (Gn. 39:2-3; Neh. 2:5-6).

Tenemos también que entender que el Señor, a quien servimos, nos va a demandar responsabilidad de lo que estamos haciendo, porque al decir que para Él trabajamos, lo mínimo que debemos hacer es dejar su nombre en alto en medio de la sociedad y de los que nos rodean (1 P. 2:12). Porque el esfuerzo que un creyente hace para que las cosas salgan bien lo hace porque es siervo de Cristo.

Un último detalle que coloca Pablo al hacer esta exhortación es que debemos hacerlo de corazón; eso significa que al ir al trabajo, cada creyente debe recordarse y animarse a través del evangelio para ir a hacerlo con el gozo necesario (Col. 3:23). Cuando un creyente pide a Dios el pan diario, Él se lo da por medio del empleo, del cual debe estar agradecido (1 Ts. 5:18).

Hermanos, guiemos nuestros corazones a adorar a Dios en todo tiempo, especialmente en el lugar de nuestro trabajo, donde estamos rodeados de incrédulos que querrán acusarnos. Pero al estar seguros de quién es el que nos ve, podemos dar lo mejor de nosotros en los lugares donde trabajamos. Debemos recordar que es Dios el que sostiene todas las cosas, incluyendo a nuestro empleador, y por ello debemos dar las gracias y honrarlo como es debido.