Sometidos a Cristo en el trabajo.

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Siervos, obedezcan a sus amos en la tierra, con temor y temblor, con la sinceridad de su corazón, como a Cristo; no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios. Ef 6:5–6.

Aquí tenemos otro mandamiento que nace del primario, que es ser llenos del Espíritu (Ef. 5:18); someterse a los amos terrenales es un problema serio en la actualidad, donde todo el mundo dice tener derechos, y la murmuración y la queja son tan comunes en los lugares de trabajo. Al parecer, la falta de contentamiento viene de la falta de llenura del Espíritu. Además de huelgas, los jefes son difamados y se exponen a insultos entre los trabajadores; en tales cosas los creyentes no deben participar (Flp. 2:14).

Dios definitivamente ha hecho prosperar a los incrédulos y estos, a su vez, son de bendición para el pueblo de Dios. El Señor les provee sustento a sus hijos por medio de empleadores que tienen la capacidad de pagarles lo justo (Pr. 22:2). A diferencia de lo que pasaba en la época cuando se escribió esta epístola, los esclavos eran maltratados y sufrían vejaciones, a tal punto que para los creyentes, si era posible, era mejor liberarse de esas cadenas (1 Co. 7:21).

Los creyentes deben ser trabajadores ejemplares y, cuando están descontentos, no son llamados a vivir en subordinación total; deben buscar otro empleo donde su mente y corazón estén tranquilos. El trabajador debe rendir en su trabajo y ahí mostrar que la luz de Cristo brilla en ellos y que no son del mundo (Jn. 17:14, 16). Deben hacerlo de tal manera que, aun a los jefes difíciles, les cueste decir algo malo del cristianismo (1 P. 2:15, 17, 18). Los incrédulos, al ver la obra y el actuar de los creyentes en sus trabajos, pueden dar gloria a Dios por lo que reflejan aquellos que trabajan para el Señor (Mt. 5:16).

Los creyentes deben trabajar arduamente con respeto y honrando a su jefe. Aquí hay una cuestión importante que expone Pablo: hacerlo como para Cristo (Col. 3:23). Lo que debe haber en la mente del creyente es que, así como se entrega por completo a Cristo y le sirve con gozo, así debería trabajar para su empleador. El problema surge en la iglesia moderna, donde nadie trabaja para el Señor y todo está al alcance de las manos.

Un trabajador debe reflejar el temor que tiene a Cristo y así ser testigo de que puede honrar a sus jefes aunque toda la empresa esté de huelga. Esta es una de esas obras de la fe que Santiago demanda de los creyentes (Stg. 2:17, 26); debe demostrarse en obras lo que decimos creer en el corazón. Además, el creyente debe andar en el Espíritu en su trabajo (Gá. 5:16), dándole gloria a Dios por su providencia y el pan diario. Cuando somos capaces de entender que el trabajo y el empleador son medios de la gracia de Dios para sustentar a su pueblo, las quejas se desvanecen y nace el agradecimiento (1 Ts. 5:18).

Hermanos, si no tenemos un corazón dispuesto para someternos a Cristo y amarlo con todo nuestro corazón, entonces nunca podremos saber lo que significa trabajar arduamente para quienes nos rodean. El principio de un buen trabajador es honrar y temer a Dios sobre todas las cosas (Pr. 1:7) y honrar al patrono, porque trabaja arduamente para Cristo desde su oficina, desde el campo o cualquiera que sea su lugar de trabajo.