La necesidad de modelar las vestiduras de Dios.

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Se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad, Ef 4:24.

El nuevo hombre que ha creado Dios por medio del Espíritu es accesible para que cada creyente tome la decisión de despojarse de aquellos harapos que le quedan de una vieja manera de vivir. Esa vieja naturaleza ya ha pasado, ya ha sido crucificada y está muerta por el poder de Cristo en la cruz (Gá 6:14). Vencido en la cruz, ahora cada creyente es una nueva criatura que crece a la medida de Cristo mientras lo va conociendo (Col 3:10).

Este hombre nuevo es generado en la justicia de Dios, lo que significa que el creyente es considerado justo, sin pena ni pecado contra el Creador (Ro 5:1). De esta manera, al ser creados a la manera en que el Señor lo hizo, ahora cada uno de nosotros como cristianos debemos avanzar en la santidad, dejando el pecado y luchando contra todo aquello que asedia (Ro. 6–7).

La justicia que ahora gozan los creyentes es la que tiene su fuente en Dios, en la cruz de Cristo, donde cada uno fue por gracia declarado justo (2 Co. 5:21). Esta declaración de justicia imputada, de manera que ya no hay condenación para los que están en Cristo (Ro 8:1), implica que los creyentes también son declarados justos ante la sociedad que los rodea; pero también los llama a vivir de una manera que refleje ese carácter que les ha sido dado por Dios (Fil 2:15).

La santidad también tiene su fuente en Dios, en Cristo; no es una tradición religiosa ni prácticas externas (Tito 3:5). Esta santidad, en primer lugar, es una declaración de Dios en la que puede ver a los cristianos sin pecado alguno, porque ya todos fueron lavados por la muerte y la resurrección de Jesucristo (1 Corintios 6:11). Esta santidad es la que reconoce a Dios como el ser supremo y que lo emula en todas las áreas de la vida (1 P. 1:15b–16).

Ahora, en esta verdad de Cristo, en el Verdadero (Jn. 14:6), es la realidad en la que viven los creyentes: santidad y justicia imputada, dadas por gracia por medio del sacrificio perfecto del Señor en la cruz. Dado que, por otro lado, después de la muerte nos espera Cristo, no es raro ver que Pablo pensara en que el morir es ganancia (Fil. 1:21); todos los creyentes tenemos nuestra ganancia al morir porque nos espera nuestro Redentor con brazos abiertos (Col. 1:5).

La vestimenta es importante; es lo más exterior, es lo que la gente juzga de cada persona. Pero esta vestimenta espiritual no se puede falsificar: solo se manifiesta lo que hay en el corazón de las personas (Lc 6:45). Los creyentes tenemos el deber delante de Dios de ser genuinos, santos delante de Él, dando testimonio de aquel que nos ha llamado a la vida eterna. Pero también tenemos el deber moral de avisarles a aquellos que están muertos en sus delitos y pecados (Ef 2:1) que hay vida posible en Cristo (Hch. 1:8).

Hermanos, cuidémonos de la hipocresía, del engaño de Satanás y de las falsedades que hoy vive la iglesia de Dios (1 Tim 4:1). Modelando el carácter de Dios y mostrándoles el camino a los perdidos es como se diferencian una persona que realmente ha sido revestida por Dios y una que solo es un harapiento que oculta sus vestidos entre la multitud.