La necesidad de despojarse del viejo hombre.

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Que en cuanto a la anterior manera de vivir, ustedes se despojen del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad. Ef 4:22–24.

Una persona que se acerca a Cristo arrepentida de su pecado y que busca perdón y vida eterna inicia una carrera que no culminará hasta el día que aparezca el Señor o hasta que se encuentre con Él por medio de la muerte (Fil 1:6). Ese día se va acercando (Ro. 13:12), y es necesario que cada uno se vaya asemejando más a Cristo en todas las áreas de su vida, cada una transformada por el poder del evangelio glorioso (2 Cor 3:18).

Lo que Pablo señala es que los creyentes no han aprendido de Cristo corrupción alguna, sino que Él ha dejado ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pe. 2:21). No nos pide nada que antes no haya modelado en su vida terrenal, en su devoción al Padre, en el trato con los creyentes y con la sociedad en la que vivió; nada de lo que lo rodeaba lo sacó del propósito para el cual fue enviado (Jn 4:34). De esa manera, el creyente debe vivir para Su gloria, no permitiendo que ninguna distracción de este mundo lo desvíe del propósito eterno (Heb 12:1-2).

La tarea del creyente es parecerse más a Cristo y cada vez menos a sí mismo; esto requiere un esfuerzo y una convicción del corazón que solo viene del Espíritu Santo (Jn 16:8). Los creyentes deben ir desechando todas las cosas que los vinculan a su pasado: mentiras, malicias, entre otras muchas cosas con las que tienen que ir luchando (Col. 3:8–9, 1 P. 2:1).

Este viejo hombre que se corrompe con los deseos engañosos de la carne es la parte que debe quitarse. La victoria de este viejo hombre la puede tener un creyente debido a que Cristo ya venció en la cruz y ahora ese viejo hombre puede ser derrotado porque fue crucificado también para que muera (Ro. 6:6). Ahora los creyentes podemos decir que ya no somos nosotros los que vivimos, sino Cristo en nosotros (Gá. 2:20).

 Despojarse del viejo hombre es vivir en la fe del Hijo de Dios, andar en el poder del Espíritu para modelar el fruto que solo Él puede producir (Gá. 5:16, 22-24). Esta tarea es una labor activa de los creyentes en la que debemos estar ocupados todos los días, despojándonos del viejo hombre y revistiéndonos de Cristo (Ro 13:14), de manera que no queden dudas de lo que el Señor está haciendo en nuestras vidas.

Hermanos, hoy estamos siendo llamados a despojarnos de nuestra antigua manera de vivir, la cual es vana. Ciertamente, necesitamos modelar más a Cristo si deseamos que el mundo lo conozca. No podemos predicar el poder del evangelio cuando los que decimos ser creyentes no hemos sido transformados por ese poder (Tit 1:16). Si decimos que el evangelio es poder de Dios (Rom 1:16), debemos trabajar para que ese poder nos transforme a la imagen de Él y así predicar un evangelio que sea consecuente entre lo que predicamos y lo que modelamos.