Pero ustedes no han aprendido a Cristo de esta manera. Si en verdad lo oyeron y han sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús, que en cuanto a la anterior manera de vivir, ustedes se despojen del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad. (Ef. 4:20–24)
La persona que dice que ha nacido de nuevo y que ahora Cristo mora en ella debe mostrarlo en su forma de vivir (Col. 3:1); no puede andar de la manera en que andan los incrédulos, porque entonces no correspondería su decir con su actuar (1 Jn. 2:4–6). Porque, aunque el mundo vive de una manera llena de pecado, ese no fue el ejemplo que Cristo dejó a los suyos (1 P. 2:21).
Los cristianos, cada uno en particular, llegaron a conocer a Cristo cuando aceptaron el evangelio y se rindieron ante Él. Esto es una realidad empírica en cada persona, y el Espíritu Santo guía a los creyentes para que, por medio de las Escrituras, conozcan la vida piadosa del Señor (Mt. 28:20). Los creyentes conocen empíricamente a Cristo y, por el testimonio del Espíritu, tienen suficiente información para poder imitarlo y ser un reflejo de Él (Col. 1:27–28).
Lo que Pablo señala es que los creyentes deben practicar el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo, las cuales los llevan directamente a separarse del mundo y de los deseos de la carne. La doctrina enseñada por Jesucristo es tan evidente para aquellos a quienes Él ha llamado, que lo lógico es que modelen sus enseñanzas y que sus vidas sean una práctica constante de ellas, de manera que el fruto del Espíritu sea evidente en la vida de quienes dicen creer (Gá. 5:22–23).
Esto es fácil de ejemplificar: un creyente vive para Cristo, de manera que su vida es entregada a la causa del evangelio porque ve en su muerte la victoria del encuentro con su Señor. En otras palabras, un creyente se puede separar de este mundo y vivir de una manera santa porque no tiene nada que perder aquí (Fil. 1:21), pues ha obtenido herencia con Cristo en los cielos (Col. 3:4).
Dicho esto, la voluntad de Dios es que los creyentes sean santos (1 Ts. 4:2–3), apartados de la inmoralidad sexual que practica este mundo y que se enseña como si fuera lo correcto; apartados de toda la maldad que practica el mundo, el cual anda cegado por su propia vanidad y por los deseos de la carne que los gobiernan (1 Jn. 2:16).
Hermanos, en Cristo tenemos suficiente ejemplo de santidad y de lo que significa vivir para la gloria de Dios. Deberíamos estar atentos y cuidarnos a nosotros mismos para que realmente reflejemos el carácter de Él, ya que decimos seguirlo; no sea que seamos hallados mentirosos, reflejando el carácter del enemigo a quien decimos aborrecer. Si queremos vivir para la gloria de Cristo, debemos andar como Él anduvo (1 Jn. 2:6).
