La necesidad de renovar la mente

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Si en verdad lo oyeron y han sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús, que en cuanto a la anterior manera de vivir, ustedes se despojen del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad. Ef 4:21–24.

En el proceso que Dios ha iniciado en la vida de los creyentes, este culmina con la renovación del espíritu. Lo que es un proceso progresivo y creciente también es vitalicio, lo que significa que el creyente debe estar cambiando constantemente su manera vana de vivir por una mente renovada (Col. 3:10). Es importante mostrar que para despojarse del viejo hombre de todos sus vicios (Ef 4:31) y de los pecados que asedian (Heb 12:1), es totalmente necesario renovar la mente.

Un cambio de mente lo que hace es que el creyente se vaya pareciendo más a Cristo y menos al viejo hombre. Una persona que ha renovado su mente está en constante estudio para saber cuál es la voluntad de Dios para ir en pos de ella (Ro. 12:2). El viejo hombre que tiene una mente corrompida busca sus propios deseos y va en pos de ellos (Fil 3:19). Los cristianos han sido dejados en el mundo (Jn. 17:15) para que den al mundo luz (Mt 5:14), para que lleven el evangelio a quienes están perdidos por medio del modelaje de Jesucristo mismo.

Para lograr esta renovación de la mente, se debe depender del poder del Espíritu Santo para que sea para la gloria de Dios (Tit. 3:5). Una persona que quiere cambiar su forma de andar sin ser renovada por el poder del Espíritu se vuelve hipócrita y legalista, lo que también es peligroso para la iglesia (Gá 5:4). Los creyentes reales son renovados constantemente: primero por el Espíritu que los mueve y, segundo, por su nueva naturaleza que los inclina a buscar ser semejantes a Cristo (2 Cor 5:17).

Dicho esto, debemos comprender que la salvación que se nos ha dado debe impulsarnos en gratitud y en santidad, para que estemos dispuestos a abandonar todo vestigio de nuestro pasado e ir en pos de Jesucristo; esto es negarse a uno mismo para llenarnos de la compasión y la benignidad del Señor (Colosenses 3:12). En este proceso, cada creyente se va haciendo partícipe por gracia de la naturaleza divina (2 P. 1:4), y vamos siendo transformados de gloria en gloria por Su propio poder (2 Co. 3:18).

Hermanos, las herramientas para que nos vistamos del nuevo hombre y dejemos atrás nuestro pasado de pecado están dadas; debemos aferrarnos a ellas y convertirnos en verdaderos discípulos de Jesucristo (Jn 8:31). De manera que la vida nuestra debe estar tan aferrada a Jesucristo que aun la muerte nos parezca ganancia (Fil. 1:21), pues es en este proceso en el que ahora vivimos. Una persona que no renueva su mente, que no cambia y que no es transformada a la imagen de Jesucristo es, por lo tanto, solo un seguidor de la tradición cristiana y no un verdadero hijo de Dios. Dejémonos transformar para que en nosotros sí se vea el poder de la renovación y santificación que demanda el Señor (1 P. 1:15b–16).