Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Ef 2:4–7.
Con la resurrección que hemos recibido en Cristo, también se nos ha dado un lugar de privilegio: el Padre nos ha sentado en los lugares celestiales. Esto es asombroso. Los creyentes han pasado de la muerte eterna a una posición de honra; de la inmundicia del pecado a la presencia de Cristo. Con la salvación, Dios no solo nos dio vida eterna, también cambió nuestra ciudadanía (Fil. 3:20).
Lo que ahora tenemos son bendiciones celestiales que provienen del Padre (Ef. 1:3). Por ahora, las esperamos con esperanza, como herencia reservada para el día final. Nuestra herencia está guardada precisamente en ese lugar celestial donde, en Cristo, ya estamos sentados (1 P. 1:4).
El propósito de todo esto es que Dios muestre el favor que ha tenido para con los creyentes. Al final de los siglos será completamente evidente la misericordia que el Padre derramó para salvar y dar vida eterna. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Ro. 5:20). Dios no determinó dejar perecer a su creación en el pecado, sino intervenir para salvar.
La ley, ciertamente, nos condenaba; en esta tierra todos estaríamos bajo sentencia. Pero en Cristo, al haber sido resucitados y colocados en los lugares celestiales, hemos muerto a la condenación de la ley y ahora vivimos bajo la gracia y la verdad (Jn. 1:17). Entender plenamente lo que será nuestra vida en la eternidad es difícil; muchas veces se especula, pero hay algo que sí sabemos con certeza: lo que habría sido de nosotros sin Cristo (Ap. 21:8). El sufrimiento eterno es real, y eso debería llevarnos a una profunda gratitud por su obra redentora (Mr. 9:44–49).
Toda la obra que Dios ha hecho en favor nuestro, a pesar de nuestro pecado, debe impulsarnos a vivir agradecidos. Cuando estábamos muertos en delitos y pecados, aborreciendo a Dios, Él nos amó y entregó a su Hijo para hacernos sus hijos (Jn. 3:16). Nos salvó cuando no lo buscábamos ni lo queríamos; cambió nuestra herencia, del juicio eterno a la gloria celestial.
Por todo esto, el Cordero es digno de recibir toda la gloria y el honor. Y lo más maravilloso es que un día estaremos en su presencia como su pueblo, adorándole y viéndole tal como Él es. Entonces disfrutaremos para siempre la herencia con los santos (Ap. 21:1–7).
