Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Ef. 4:2–3.
Después de exhortar a los creyentes a vivir con humildad, mansedumbre, paciencia y soportándose unos a otros en amor, el apóstol Pablo concluye enfatizando la necesidad de preservar la unidad del Espíritu. Cada una de estas cualidades está profundamente conectada y muestra cómo debe vivir una iglesia que desea honrar a Cristo.
Pablo enseña que los creyentes deben ser intencionales en buscar y conservar esa unidad (1 Co. 1:10). No se trata de algo pasivo. El cristiano debe esforzarse constantemente para que la unidad exista y no sea destruida bajo ninguna circunstancia. El mismo énfasis aparece cuando Pablo le dice a Timoteo que «procure con diligencia presentarse delante de Dios como un obrero aprobado» (2 Ti. 2:15). De la misma manera, la iglesia debe trabajar diligentemente para permanecer unida.
La unidad es indispensable para la vida del pueblo de Dios. Una casa dividida no puede permanecer firme; termina debilitándose desde adentro y no puede resistir los ataques externos (Lc. 11:17). Pero una iglesia unida, que vive como un solo cuerpo y un solo pueblo, puede mantenerse firme frente a las dificultades y los ataques del enemigo (Jn. 17:20–21). Por eso la unidad no es un asunto secundario, sino una necesidad espiritual.
También es importante notar que Pablo habla de “preservar” la unidad. Esto significa que la unidad ya existe en Cristo. No tenemos que crearla, porque Dios ya hizo de todos los creyentes un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo (1 Co. 12:12–13). Nuestra responsabilidad es cuidarla y no destruirla con divisiones, pleitos, orgullo o egoísmo. La iglesia no debe buscar caminos humanos para producir unidad; debe proteger la unidad que el Espíritu Santo ya ha dado.
Pablo también explica cómo preservar esa unidad: en el vínculo de la paz (Gá. 5:22). Esta paz proviene de Dios y gobierna las relaciones entre los creyentes. Cuando vivimos con humildad, paciencia, mansedumbre y amor, ayudamos a restaurar a nuestros hermanos y evitamos que los conflictos crezcan hasta causar divisiones dentro de la iglesia (Ro. 15:5). «Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Co. 14:33).
Hermanos, no es extraño que surjan conflictos, malentendidos o incluso murmuraciones dentro de la iglesia. Todo esto atenta contra el vínculo de la paz y pone en peligro la unidad del cuerpo de Cristo. Por eso cada creyente debe cuidar su corazón y procurar la reconciliación con sus hermanos (2 Co. 13:11). Si existe algún problema entre nosotros, debemos buscar la paz y resolverlo con amor y humildad.
Cuidemos entonces nuestros corazones y esforcémonos por preservar la unidad del Espíritu. Desechemos todo aquello que produzca división y procuremos vivir en la paz que Cristo ha dado a su iglesia. Solo así podremos reflejar verdaderamente el carácter de nuestro Señor y caminar como un solo cuerpo para la gloria de Dios.
