Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Ef 2:4–7.
Por causa de su amor es que Dios nos ha dado vida. Esta declaración del apóstol Pablo es sumamente poderosa, porque resume la obra de Dios en nuestras vidas y la contrasta con nuestra maldad: esa que teníamos, que amábamos y que nos convertía en hijos de ira, al igual que todos los que van rumbo a la perdición (Ef. 2:1–3).
Pero Dios, por amor, nos dio vida para que conociéramos la verdad y la salvación. Ahora, como creyentes, podemos estar seguros de que conocemos el amor, porque hemos llegado a conocerle a Él (1 Jn. 4:10). Cristo fue dado como pago por nuestros pecados, por el amor que el Padre quiso mostrarnos (Jn. 3:16). El Padre entregó a su Hijo para que llevara sobre sí nuestra ira, y así la justificación pudiera hacerse realidad.
Las Escrituras declaran que Dios es amor (1 Jn. 4:8), y lo que ha hecho por nosotros lo demuestra de manera clara e innegable. Su bondad es evidente para todos los que hemos creído en su nombre. Dios nunca ha ocultado el amor que tiene por su pueblo (Dt. 4:37). Pablo lo expresa con profundidad: difícilmente alguien moriría por un justo, pero Cristo murió por nosotros siendo pecadores (Ro. 5:7–8).
No solo nos amó en el pasado, nos ama hoy. Ya no pertenecemos a este mundo de pecado; le pertenecemos a Él (Jn. 16:27). La herencia celestial ahora es nuestra (Col. 1:12), porque somos sus hijos. Tenemos vida en Él; tenemos aquello que antes despreciábamos o de lo cual estábamos alejados por nuestra maldad, y todo nos ha sido dado por la gracia con la que nos amó.
Hermanos, ahora que conocemos este amor, estamos llamados a responder a él. Debemos amar a Jesucristo como Él manda (Jn. 14:23), guardar sus mandamientos y vivir en la santidad que demanda de nosotros. Ya no estamos en tinieblas; por gracia, hemos sido traídos a la luz. Por tanto, andemos en la luz de sus mandamientos (1 Jn. 2:3–6).
Él nos amó para darnos una herencia celestial; ahora nos corresponde vivir como hijos suyos, dando testimonio de la gracia que ha sido aplicada en nuestras vidas.
