Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Ef 2:4–7.
El discurso de Pablo es profundamente conmovedor. Andábamos en el pecado, deleitándonos en la maldad; éramos por naturaleza hijos de desobediencia (Ef 2:1–3). No buscábamos a Dios ni lo tomábamos en cuenta; estábamos completamente cegados (2 Co. 4:4). En esa condición de perdición, Dios tuvo que actuar en favor nuestro. Nosotros éramos muy malos, pero Dios tuvo misericordia. Eso es maravilloso.
La misericordia es la manifestación externa de la compasión: reconoce la necesidad en aquel que la recibe y provee los recursos adecuados para suplirla. La necesidad del hombre es vida, porque está muerto; la solución de Dios fue dar a su Hijo (Jn. 3:16; 15:13), para que por medio de su muerte y resurrección los muertos tuvieran vida en Él.
La causa de la vida que ahora tenemos es el amor: un amor inmerecido, incomprensible. Dios, siendo rico en misericordia, nos amó cuando no lo amábamos y nos dio vida cuando, por nuestra condición, éramos responsables del pecado que llevó a su Hijo a la cruz. Esa forma de amar sobrepasa todo entendimiento humano; sin esa manifestación tan profunda de amor, estaríamos condenados, pero ahora somos hijos de Dios (1 Jn. 3:1–2).
Lo que la Biblia nos muestra es impactante: el hombre es malo por naturaleza, no busca a Dios y lo desprecia. Pero Dios, por amor, nos salvó para que ahora le amemos, aunque de manera imperfecta (1 Jn. 4:19). Al conocerle, comenzamos a valorar realmente la grandeza de su sacrificio.
De Dios se dice que es rico en misericordia, lo que implica que constantemente está supliendo las necesidades de su creación y de sus hijos, dándonos lo necesario para caminar en la fe en Cristo hasta ser transformados (Col. 3:3–4). Ahora tenemos una meta, una esperanza eterna. Antes estábamos muertos en delitos, pero Él nos dio vida y nos salvó para darnos herencia con los santos (Col. 1:12).
Hermanos, ahora que hemos recibido tan grande manifestación de amor, debemos reflejarla. Estamos llamados a amar a los creyentes de la misma manera en que fuimos amados, a manifestar misericordia en la congregación, porque hemos sido alcanzados por un Dios que no se cansa de extenderla a nuestras vidas. Recordemos de dónde hemos salido y reconozcamos que es la obra de Dios la que nos salvó, para vivir agradecidos y para la gloria de Su Nombre.
