Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Ef 4:11–13
Cuando pensamos en lo que Dios está haciendo en la iglesia desde la fundación, no es de extrañarse que el modelo prevalezca a lo largo de los años. Cuando el Señor estableció a los apóstoles para que llevaran el evangelio, como esos pioneros del mensaje de salvación, no los envió sin antes capacitarlos y prepararlos, dándoles herramientas para que su plan eterno rindiera fruto (Mr 3:13-15; Efe 2:20).
Cada etapa que la iglesia ha vivido ha necesitado que Dios la guíe por medio de líderes que van delante. Aunque hoy no contemos con los profetas ni apóstoles, el Señor sigue capacitando a los pastores para la causa del evangelio. Hoy es necesario, al igual que en todas las épocas, que la iglesia vea la mano de Dios en la vida de estos líderes. La primera forma en la que esto es visible es por medio de la capacitación: Él los estará llevando por un camino donde les enseñará lo necesario para la vida y la piedad (2 Pe 1:3; Ef 4:11-12).
Lo que la iglesia debe estar pidiendo es que el Señor esté capacitando a más hombres para la obra del ministerio y, a la vez, participar de una manera activa en animar y asegurar que está apoyando a aquellos que se preparan para tal labor. Dios quiere que los que están al frente de su iglesia lo hagan con excelencia y con todas las capacidades que el Espíritu Santo da junto con las Escrituras cuando estas son bien trazadas (Mt 9:37-38; 2 Tim 2:15).
Una iglesia que se involucra activamente en la oración, animando y ayudando a que más hombres se preparen para servir en la iglesia, tendrá como resultado un crecimiento como el que Cristo desea. Desgraciadamente, en la sociedad y en las mismas iglesias muchas veces se menosprecia el trabajo pastoral. Muchos ni siquiera son capaces de ver la necesidad en la iglesia como Cristo la vio. Siempre es necesario que en la congregación haya hombres que estén dispuestos al ministerio y que la iglesia esté dispuesta a apoyarlos en la obra (1 Tim 5:17; Mt 9:36).
El establecimiento de las iglesias del Nuevo Testamento y de las congregaciones de los siguientes siglos ha sido un proceso de Dios capacitando y enviando obreros a su mies, guiándolos para que el evangelio llegue a lo más profundo de este mundo caído. Pero si la iglesia aún permanece en esta tierra, la obra no está terminada y no deberíamos dejar de trabajar en la plantación de iglesias y en la capacitación de los santos para el ministerio.(Mt 28:19-20; Hch 1:8).
