Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Ef 4:11–13.
Dios señala a los hombres que Él llamará al ministerio. De alguna manera, despierta en ellos la inquietud de prepararse en el estudio de la Palabra (Jer 3:15), y cuando están listos, la iglesia los reconoce o no como llamados del Señor. Lo que sucede es que la iglesia se involucra en la preparación de las próximas generaciones de líderes espirituales por medio de seminarios o instituciones teológicas donde el aspirante pueda crecer (2 Tim 2:15).
La otra forma en que la enseñanza se vuelve circular ocurre cuando los aspirantes al pastorado reciben mentoría de un pastor establecido en la congregación. El pastor a cargo de la iglesia tiene el deber de enseñarle la práctica del ministerio, los desafíos, las luchas y cómo salir adelante en los días difíciles (2 Tim 2:2). Es por ello que encontramos a Pablo diciéndole a Timoteo: «sufre penalidades» (2 Tim 2:3).
Claramente, hoy debemos depender por completo del Espíritu Santo para reconocer a quienes son llamados por Cristo de quienes no lo son. En medio de la iglesia se pueden levantar falsos maestros o líderes que, al no ser llamados por el Señor, pueden estropear el trabajo de la congregación (Hch 20:28–31, 2 Cor 11:13–14). Ya que Cristo no descenderá visiblemente a mostrarnos a los nuevos líderes, debemos depender y esperar en el poder del Espíritu Santo de Dios. Esta tarea es ardua y requiere de mucha preparación en los corazones de toda la iglesia; recibir a un nuevo pastor y reconocerlo con toda su envestidura de manera santa y justa solo fluye cuando es dado por el Espíritu Santo, quien es el único que reparte dones y ministerios legítimos como Él quiere (1 Cor 12:11).
Todo esto es importante para que se cumpla el fin último: la edificación del cuerpo de Cristo. Aunque es deber del pastor llevar a la iglesia la Palabra que la hará crecer, a su vez este nuevo pastor solo le está devolviendo a la congregación lo que ha recibido por muchos años de una iglesia que lo vio crecer, o bien, llevando a otra iglesia lo que primero le fue entregado por quien lo envía a la obra del ministerio (1 Pedro 5:2).
Hermanos, si bien es cierto que Dios le dio a algunos el ser pastores y maestros, es deber de la iglesia reconocerlos. Sin embargo, solo podrá reconocerlos a medida que se involucre con aquellos que el Señor manda. Si la iglesia no se compromete a revisar las vidas de quienes aspiran al pastorado, corre el riesgo de ser desviada hacia perversidades. Por esta razón, las Escrituras nos exigen evaluar rigurosamente los requisitos morales y espirituales de un líder antes de su ordenación, recordándonos que el candidato debe ser irreprochable, sobrio, prudente y decoroso (1 Timoteo 3:1–7). Por esto, la oración constante, conocer a los aspirantes, convivir con ellos y enseñarles a Cristo hará que, el día que se levante alguno, el Espíritu nos diga si es falso o no. Debemos tener la sensibilidad para escucharlo, para que la iglesia crezca en el conocimiento de Dios.
